jueves, 23 de julio de 2020

Cuento breve: El señor pandemia

El señor pandemia🎩

El señor pandemia era real; y lo había descubierto Carmela Escurra, hermana de la parroquia de San José, en Córdoba, y miembro de la comunidad apostólica de las hermanas dominicas.
El señor pandemia había venido de otra dimensión. Carmela bien lo sabía, aunque no entendía cómo ni de qué dimensión había venido a parar a su bendito mundo.
     Carmela, a sus sesenta años, había dedicado buena parte de su vida al servicio de Dios y a la que, tiempo atrás, creía la causa más apremiante y justa: el servicio a la comunidad a través de la palabra de Dios.
     Su educación, esencialmente católica y tradicional desde pequeña por parte de su adusto pero respetable y honorable padre (y el amor hacia él), había influido directamente en su decisión de dedicar su vida a la honorable causa. Le había dado el sentido que tanto había buscado en su adolescencia a su vida (etapa en la que se había apartado un poco de las enseñanzas bíblicas que obtuvo de pequeña; pero que, irónicamente, gracias a aquel apartamiento es que pudo darse cuenta de aquel sentido y pudo, así, volver a sus orígenes). Entonces se unió a la congregación de las hermanas dominicas y encontró así su rumbo y le dio el sentido tan buscado a su vida.
     O así lo creía hasta ahora.
     Hasta hacía unos años. Cuando comenzó a tener aquellas alteraciones que tanto temía. Recordaba que una compañera, más dedicada a las labores manuales que mentales, que había tenido al comienzo de su intrusión en el mundo de las dominicas, le había dicho que tanto estudiar «la volvería loca». Carmela sintió pánico luego de aquello; pero no pudo dejar de hacerlo, en efecto. Su naturaleza era esa; no solo estudiaba la palabra de Dios, sino que no paraba de absorber todo tipo de conocimiento generado por el hombre y transmitido a las letras: leía artículos de ciencia (aunque a veces aquellos se contrapusieran a los preceptos religiosos que le habían dado sentido a su vida, no le interesaba; bien sabía ella que todas eran conjeturas y ella no se limitaba a conocerlas como lo hacían algunas de sus compañeras. Su fe era inquebrantable hacía un tiempo, al menos), leía mucho sobre historia; hasta, incluso, leía artículos de metafísica; a escondidas en sus ratos libres a través de su notebook. Desde niña había sido de naturaleza inquisidora. No paraba de leer la biblia, antaño, pero tampoco paraba de leer literatura de ficción y no ficción en general… Su padre, una vez, le había dicho también, que algún día podía volverse loca de tanto leer (hasta a veces la tildaba de perezosa por no realizar labores en el hogar para no dejar de leer pecados que en aquellos entonces se permitía, luego lamentaba, luego se volvía a permitir; era inevitable); en aquella ocasión había tomado lo que había dicho su honorable padre como una buena advertencia (como todas las venidas de aquel sabio hombre) pero, la verdad era, que realmente no le había importado del todo.
     Pero que se lo dijeran una segunda vez en su vida, y una persona que poco conocía, era ya otra cosa. Además, aquella advertencia incrementaba el temor que había nacido en ella, no por la advertencia de su padre, sino muy posterior a ella: cuando había leído en un libro que la locura, en ocasiones, se heredaba. Pues, había sentido pánico entonces.
     Carmela escondía un secreto; que bien lo cobijaba por vergüenza, bien por dolor, bien por respeto y bien porque era lo que más temía en el mundo: terminar igual que su madre. Nunca contó la verdadera razón a sus hermanas del suicidio de su madre. No les había mentido, porque eso es pecado, desde ya, pero había «omitido» cierta información. Cuando le preguntaban acerca de su madre, simplemente decía con cierto dolor en su semblante, que aquella se había suicidado (había ido al infierno, lamentablemente aunque ahora lo dudaba) pues tenía un dolor insoportable por la muerte de su primogénito cuando muy niño (el hermano mayor nunca conocido por Carmela) y aquello había llevado a que la pobre tomara aquella desacertada decisión. «Un espíritu débil y corrompido por Satanás a través del dolor, sin duda», decía ella, lamentándolo. Lo que Carmela omitía al hablar de aquel tema era que su madre había sido diagnosticada de esquizofrenia.
     El suicidio de su madre, cuando ella era aún una adolescente, había marcado un antes y un después en su vida, por supuesto (temía que era aquel drástico acontecimiento el que la había llevado a descarriarse del camino de Dios para luego volver con más fuerza y firmeza a él). Había averiguado mucho sobre aquella enfermedad que se había transformado, desde entonces, en Satanás personificado para Carmela. Y sabía, de buen grado, que aquella era hereditable.
     Entonces, su padre era todo lo que estaba bien (el camino correcto, la sabiduría, el camino de Dios, LA CORDURA) y su madre, aunque llanamente lo lamentaba, se había transformado en todo lo que estaba mal (el dolor, el pecado, las malas decisiones, LA LOCURA).
     Y temía mucho terminar como ella. Era su miedo secreto más grande. Era la fuerza más grande que la manejaba, más que la mismísima fe en Dios…
     Pero, era inevitable para ella seguir adquiriendo conocimiento (pues una vez que empezabas, pensaba ella, era imposible dejarlo… casi como el adicto a la heroína o el mismísimo hombre, en su naturaleza, al pecado original). Era casi un imposible. Y ella se había hecho débil. Luego ya no le importó más seguir el buen camino (el de Dios, el de la cordura, el de su padre) y se entregó, como el hombre a los mundanos pecados, al conocimiento. A la lectura (y en ella, a la metafísica también). A las tantas conjeturas que lograba gracias a ella. Y empezó a ver más allá, como se temía. A ver donde antes pensaba que no debía hacerlo.
     Empezó a ver «cosas» que la hicieron temer que había heredado la locura de su madre y nada podía hacer contra ello.
    Empezó a ver seres que solo ella veía; a los que primero adjudicó la malevolencia y la benevolencia, demonios y ángeles respectivamente. Luego se dio cuenta que la existencia de estos iba más allá del concepto del bien y el mal que su fe le brindaba como únicos dos polos; lo blanco o lo negro. Había matices, entendió en sus pensamientos ya por demás pecaminosos (algo que ya había perdido importancia).
     Y había un mal que acechaba a la humanidad por entonces, la pandemia del Coronavirus. Un virus que había nacido en China y se había esparcido por el mundo, matando a millones de personas pero, el hecho más grande que traía consigo, era la amenaza inminente del cambio drástico de la humanidad en su manera de llevar la vida, y en todos los aspectos que se la abordara, como desde hacía mucho no se daba. Esos cambios repentinos y radicales de paradigmas que Carmela, hasta entonces, solo había experimentado a través de libros de historia.
     Pero ahora, lo había visto. Y de tanto leer había recogido datos concretos: había artículos no oficiales en la web que relataban avistamientos de personas a lo largo de la historia de él (en ellos, se lo describía tal cual)… En los años de la peste bubónica, en los de la viruela y el sarampión (sobre todo, ya que habían sido las pandemias más terribles de la historia) y, hasta incluso, testimonios más recientes, de la década de los ochenta, de enfermos de un padecimiento muy actual como el traído por el virus del HIV (enfermedad que su comunidad había atribuido al pecado de la homosexualidad, pero que Carmela no compartía en absoluto).
     El señor pandemia era real: era una silueta negra que recorría el mundo conocido de punta a punta y tenía unos dientes filosos que los exhibía en una sonrisa irascible y de satisfacción cuando un virus hacía el efecto que él esperaba; y andaba de acá para allá, susurrando a los oídos de las personas para que sintieran más temor, desesperanza, psicosis o incluso a los que, contrariamente, le perdían cierto respeto al mortal bicho. Sobre todo estaba ahí presente y se hacía ver ante los padecientes de cierto virus pandémico justo antes de que dieran su último estertor. Solo ellos habían tenido la desdicha de conocerlo, y algún que otro loco como Carmela… Tenía además una alta galera negra que se sacaba luego de sonreír, satisfecho, por lo que veía y dando su saludo mortal («Chapeau»). Aquel ser, bien sabía Carmela, como muchas entidades desconocidas que deambulan nuestro mundo y tienen mucha energía y poder, era tan viejo como el mismo universo conocido (y ya no atribuía al diablo ni a nada creado por lo expuesto por su fe, por su antigua fe… la que había dejado atrás ya, luego de tanto conocimiento, luego de tanto ver). Pues no era la única entidad que Carmela había visto en su vida y los demás no, «El señor pandemia». Pero por todas ellas había guardado silencio.
     Hasta que explotó. Hasta que le contó a sus hermanas, a su superiora. Cuando, gracias a la pandemia actual, El señor de la galera, veía, deambulaba todo el tiempo de acá para allá satisfecho con su labor. Otro virus, otra pandemia mundial (potenciada ahora por el altísimo grado de globalización que había alcanzado la civilización humana); estaba teniendo más trabajo que nunca. De hecho, Carmela lo vio pasar por encima del patio de su convento en dos ocasiones (aquellas en las que se enteró que habían muerto dos ancianos en frente del convento por culpa del Coronavirus).
     Y ahora lo veía enfrente de ella sonriéndole en aquella particular sonrisa suya, burlona y exhibiendo los dientes, mientras flotaba en el aire (el aire que a él le gustaba, con olorcito a pandemia, a desesperación, a desesperanza, a virus mortales yendo y viniendo), mientras Carmela, fuera de sí (al igual, seguramente aunque poco le importaba ya—, que su madre en algunos cuántos momentos antes de la drástica decisión de quitarse la vida) forzaba contra las manos de sus compañeras del convento que la tomaban por sus vestiduras y por sus brazos con fuerza a la escucha de la hermana superiora que ya había dado el aviso de que había arribado la ambulancia para llevarse a Carmela al loquero.
     —¡El señor pandemia es real! gritaba desesperada en un hilo de voz ¡Y está flotando enfrente nuestro, satisfecho con su labor, exhibiendo su sucia dentadura mientras ustedes me llaman loca!
Luego se largó a llorar, desesperada; mientras, antes de que sus «hermanas» la sacaran del patio y la llevaran a la ambulancia (luego de ser dormida por una inyección calmante), lo último que veía era a aquel ser sacarse la galera e inclinarse lleno de satisfacción por el espectáculo que estaba generando. «¡Chapeau!».



Agrego al respecto que este cuento acaba de ser publicado en el sitio de literatura internacional Lugar Poema junto a un breve artículo que me dedican. Debajo les dejo el link para que se pasen. Nuevamente, ¡gracias por estar ahí, lectores/as!

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jueves, 9 de julio de 2020

Algunas frases de "Nuevo mundo"

Vamos con algunas frases de «Nuevo mundo»:

«El psicoanálisis es la religión mundial»
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«Nuestros hijos son nuestro deber, nuestra necesidad de aferrarnos a la realidad, lo que más queremos y cuidamos por añadidura». (Aclaración: se puede estar de acuerdo o no, por supuesto. Es la convicción de uno de los personajes 🙂)
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«¿Cuánto tiempo es para siempre?
A veces, solo un segundo».
(Parafraseando al conejo de «Alicia en el país de las maravillas» 🙂🐰)
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Otra:
«... ¡Nos vemos! La próxima vez que nos veremos será en un "nuevo mundo"».
😉🙂





domingo, 14 de junio de 2020

Relato breve | El último asado

Estimados amigos lectores; como hace rato que no subo ningún cuento (perdón, ¡prometo hacerlo con más asiduidad!) en esta ocasión vengo a compartirles uno que escribí en el día de hoy apropósito de la flexibilización de la cuarentena (en mi ciudad, claro) que permite las juntas en familia de hasta diez personas (espero cada uno de ustedes haya podido sacarle el mejor de los provechos) y a raíz de ella nace este breve, muy breve, relato. "El último asado" es una historia, un drama, un poema, un cuento de ciencia ficción, un relato más de esta pandemia (puedo ponerle muchas etiquetas; pero, la verdad, es que no me gustan mucho) que se sitúa, tal y como les digo, en el día de hoy y, a mi parecer, traza un retrato bastante atinado de este día de reencuentros (sobre todo, familiares). Sin más, los invito a leer y a terminar este domingo con un poquito de ficción que hace bien para calmar la ansiedad que genera la cuarentena:




Link para leer:

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sábado, 13 de junio de 2020

¡Feliz día del escritor!

Hoy me desayuné con que era el día del escritor (de verdad que ni sabía qué fecha lo era; ni que existía tal día) y aunque como todas las fechas en las que se hace homenaje a un oficio, a una profesión e incluso a una cualidad del ser nacen en conmemoración del nacimiento o la muerte de un referente (en esta caso el nacimiento de Leopoldo Lugones; bien podría haber sido el de Borges u otro gran escritor, eso queda en la subjetividad de quien declara tal día…); esto es solo una excusa, porque, de verdad, lo hubiera tomado como un día banal más en el calendario de mi vida (y de este agitado 2020 para todos) pero me topé con ciertos mensajes que lo transformaron en un día más que especial para mí. Así como me desperté con la noticia de que hoy es el día del escritor, me desperté con unos mensajes de lectores que llegaron a mi corazón y lo atravesaron como pocas cosas pueden hacerlo. Ya he hablado anteriormente de que el “oficio” del escritor es un trabajo solitario y, por lo tanto, muchas veces lo que más lo puebla son las dudas, el énfasis en los desaciertos, las asperezas y hostilidades que te muestra un mundo que parece ya vasto y superpoblado, que pareciera no aceptar nuevas voces y parece que pusiera todo de sí para callar la tuya… (el mundo de las letras, el de los escritores ya consagrados y el que manejan las grandes editoriales que se rigen por tendencias). Muchas veces, la frágil labor del escritor independiente y joven se ve gravemente afectada frente a tal adverso territorio en el que insiste en inmiscuirse. Tercos. Es nuestra naturaleza. Es mi naturaleza. Por suerte lo somos, amigos escritores. Hoy vislumbré el resultado de mi terquedad; la cosecha de mi siembra que nacía de una voz interna que no podía callar ni yo mismo ni, mucho menos, el mundo de las letras que manejan aquellos ya consagrados. Esto es para lo que vine al mundo, esto es lo que soy (imposible escapar). Soy artista, pero mi manera de hacer arte por excelencia es la de las letras. Soy escritor. Y a los lectores que me mandaron los mensajes esta mañana agradeciendo por no acallar esa voz y llevarles todas las historias que esa voz me cuenta, les debo todo. Entendí hoy, ¡en buena hora!, que lo único que importa es eso. ¡Sí, ESO ES TODO LO QUE IMPORTA! Llegarle al corazón a los lectores y que, encima, me agradezcan por hacerlo, por no callar aquella eterna voz que tenemos dentro nuestro los escritores, contándonos historias (a veces a borbotones; a veces un poco más impasible), es tocar el cielo con las manos; es todo. Por eso, amigos escritores, y me dirijo a los que como yo recién comenzamos en este camino de llegarle a la gente (porque de verdad, estoy seguro, que todos escribimos desde siempre; o si algunos no lo hacían, venían acumulando historias en su cabeza y por miedo o dudas no las hacían reales a través de las letras), no se den nunca por vencidos. Nunca callen esa voz interior. Ella y los lectores, y ustedes mismos, se lo agradecerán cuando llegue el momento. ¡FELIZ DÍA DEL ESCRITOR!


jueves, 4 de junio de 2020

Hay que mirar hacia lo nuevo. Y readaptarse.

Hay que mirar hacia lo nuevo. Y readaptarse. Los tiempos siempre lo exigen; sobre todo los tiempos como los que estamos atravesando; tiempos de transición. ¡Tranquilos! Sé que lo desconocido da miedo. Pero es parte de la vida enfrentarnos a lo desconocido para que, entonces, deje de serlo... Es una de las grandes inevitables de la vida. Yo te acerco mi Nuevo mundo. Y, nuevamente, tranquilo; no temas. Hay que readaptarse. Lo hicieron nuestros ancestros antes; lo han hecho millones de especies; lo haremos nosotros también ahora. Adaptarse es la clave.

Nuevo mundo

domingo, 31 de mayo de 2020

«Nuevo mundo» editado

Y finalmente se lanzaron los esperados primeros ejemplares de Nuevo mundo; y es un gran acontecimiento para mí, amigos lectores, palpar algunos de ellos porque de buen grado sabemos todos los lectores (y cuando digo todos, me refiero a casi todos. Bueno; en definitiva, me atrevo a decirlo: todos) que un libro físico jamás será reemplazado por uno digital; porque en un mundo donde casi todo pasa por lo digital, tocar algo: sentirlo al tacto, olerlo... se agradece en buena medida. Y más aún si es un libro. Pareciera que todo lo que pasa por el increíble mundo informático que todo lo impera (ese que, extraordinariamente, nace de un código binario. ¡Que alguien me explique bien cómo funciona! Porque de verdad, no lo alcanzo a entender del todo), todo lo digital, pareciera no ser «real» o ser «menos real»; cuando un relato viene en el tradicional formato de papel, encuadernado, con ese olor a tinta, ese olor a papel viejo o nuevo, parece ser «más real». Sí, amigos lectores; sin duda, un libro físico es más real que uno digital. Y nosotros los lectores bien lo sabemos. Y allí mi cara de felicidad con mi primer novela hecha realidad. Mi primer «Nuevo mundo» editado:



jueves, 21 de mayo de 2020

Relato breve: Obra maestra

Estimados amigos lectores, tengo el agrado de acercarles, una vez más, una de mis más recientes creaciones: un relato breve. En el que abordamos la eterna búsqueda del artista de la obra maestra y el afortunado encuentro de un pintor y escultor. Sin más preámbulo, ya que el cuento es breve y hay que ser cuidadosos del spoiler, les dejo esta sensacional aventura en épocas de cuarentena:


Pequeña sinopsis:

«Pocos artistas pueden jactarse de haber creado (o reproducido) una "obra maestra". Ricky es un artista más que vive en pos de aquella búsqueda... ¿Podrá hallarla? ¿Incluso en su pequeño departamento? ¿Y en plena cuarentena?»



Link para leerlo:
Obra maestra

Cuento breve: El señor pandemia

El señor pandemia🎩 El señor pandemia era real; y lo había descubierto Carmela Escurra, hermana de la parroquia de San José, en Córdoba,...